

La historia se desarrolla en el siglo XXIV, un siglo después que la de la serie original. Narra las aventuras de la tripulación del USS Enterprise (NCC-1701), una nave tipo Galaxia diseñada para la exploración, la diplomacia y, en caso necesario, para la batalla. Su capitán es el intelectual y carismático Jean-Luc Picard. Como en la serie original, la tripulación va conociendo nuevas razas tecnológicamente muy avanzadas, con las que a tiende resolver los conflictos de manera pacífica. A veces, la necesidad de acatar órdenes superiores provoca disputas entre los protagonistas. Muchos episodios se basan en viajes en el tiempo, asuntos personales de los protagonistas, desastres naturales interestelares.
Creada por
Cadena
Syndication

25 episodios · 1987

22 episodios · 1988

26 episodios · 1989

26 episodios · 1990

26 episodios · 1991

26 episodios · 1992


Marco-Hugo Landeta Vacas
7 ene 2026
(CASTELLANO) Hablar de Star Trek: The Next Generation no es hablar solo de una serie. Es hablar de una forma de entender el mundo. De una idea de futuro que no se apoya en la fuerza ni en el miedo, y mucho menos en la humillación del otro. Aquí todo va por otro camino: pensar antes de actuar, ponerse en el lugar del que tienes delante y asumir que cada decisión, incluso la correcta, tiene un peso moral. Desde el primer momento, TNG deja claro que no quiere deslumbrar ni ir a lo fácil. No busca fuegos artificiales ni golpes de efecto. Quiere pensar. Y quiere que tú pienses con ella. No hay prisas ni necesidad de levantar la voz. No hace falta subrayar emociones porque todo se construye desde el diálogo, desde la duda y desde esas preguntas incómodas que, muchas veces, no tienen una respuesta limpia. Aquí la acción no es disparar primero. La acción es decidir. Decidir bien. Decidir mal. Y cargar con las consecuencias. En un mundo televisivo cada vez más obsesionado con el impacto inmediato, TNG se permite algo casi revolucionario: confiar en la inteligencia del espectador. Jean-Luc Picard no es un héroe al uso. No impone, no arrasa, no humilla. Lidera escuchando. Lidera pensando. Lidera aceptando que a veces no hay una solución perfecta. Y eso, hoy, resulta casi subversivo. Su autoridad no nace del miedo, sino del respeto. Y el respeto, en esta serie, se gana con principios. Lo fascinante es que todo lo que hoy algunos llaman “woke” ya estaba aquí. Solo que entonces no hacía falta gritarlo. Se hablaba de racismo, de autoritarismo, de colonialismo, de identidad, de derechos individuales, de género, de diversidad cultural… pero se hacía con elegancia, sin consignas, sin pancartas. Se hacía desde el conflicto ético, no desde el sermón. TNG no te dice qué pensar. Te pone delante de una situación moralmente compleja y te deja solo con ella. ¿Qué es una vida? ¿Qué es una persona? ¿Qué derechos tiene alguien que no encaja en nuestras categorías? ¿Hasta dónde llega la obediencia? ¿Cuándo una ley deja de ser justa? Ahí es donde entra Data, uno de los personajes más brillantes jamás escritos para televisión. A través de alguien que no es humano, la serie explora la humanidad mejor que casi ninguna otra. Sus episodios no son sobre tecnología, son sobre dignidad. Sobre si los derechos se conceden o se reconocen. Y luego está la Federación. Ese ideal que muchos malinterpretan como ingenuo. No lo es. La Federación no es perfecta. Está llena de contradicciones, de errores, de tentaciones autoritarias. Precisamente por eso funciona. Porque se cuestiona a sí misma. Porque entiende que el fascismo no siempre llega con botas y banderas, a veces llega con excusas bien redactadas. Hay episodios que hablan directamente del miedo al diferente, del odio institucionalizado, del poder que se justifica en nombre del orden. Y lo hacen sin necesidad de villanos caricaturescos. El verdadero enemigo suele ser una idea. O una decisión cómoda. O mirar hacia otro lado. Lo extraordinario es que no sobra ningún episodio. Incluso los más aparentemente pequeños aportan algo: una reflexión, un matiz, una grieta. TNG no es una serie de “capítulos de relleno”. Es una serie de conversaciones necesarias. Las actuaciones acompañan esa ambición. No hay histrionismo. No hay sobreactuación. Todo está contenido, medido, humano. Patrick Stewart eleva cada escena sin imponerse. El resto del reparto crece capítulo a capítulo, construyendo personajes que no son arquetipos, sino personas con contradicciones. A diferencia de muchas producciones actuales, aquí no se confunde oscuridad con profundidad. No hace falta ensuciarlo todo para que sea adulto. La madurez de TNG está en su capacidad para mirar el horror sin recrearse en él. Para denunciar la injusticia sin convertirse en aquello que critica. Cuando hoy se acusa a otras series de la franquicia de ser panfletarias, conviene recordar esto: TNG ya hablaba de todo eso, pero lo hacía mejor. Porque confiaba en el pensamiento crítico. Porque no necesitaba dividir al público en bandos. Porque entendía que el humanismo no es una moda, es una responsabilidad. Hay algo profundamente incómodo para cierta mentalidad actual en esta serie: la idea de que el progreso no es inevitable, que hay que defenderlo cada día, y que incluso las sociedades más avanzadas pueden caer si renuncian a sus principios por miedo o comodidad. TNG no envejece mal porque no dependía de la actualidad inmediata. Hablaba de lo esencial. De lo que somos cuando nadie nos obliga a ser mejores. De lo fácil que es traicionar valores cuando se vuelven incómodos. Por eso sigue siendo relevante. Por eso sigue siendo necesaria. Y por eso duele compararla con muchas cosas que vinieron después. No porque el mundo haya cambiado, sino porque quizá hemos olvidado escuchar. No es nostalgia. Es coherencia. Es una serie que creía de verdad en lo que decía. Y eso se nota en cada plano, en cada silencio, en cada decisión difícil. No por perfección técnica, sino por algo mucho más raro: porque todavía hoy nos exige estar a la altura de lo que cuenta. (ENGLISH) Talking about Star Trek: The Next Generation is not just talking about a TV series. It’s talking about a way of understanding the world. About a vision of the future that doesn’t rely on force, fear, or the humiliation of others. Everything here follows a different path: thinking before acting, putting yourself in someone else’s place, and accepting that every decision, even the right one, carries moral weight. From the very beginning, TNG makes it clear that it’s not interested in easy spectacle. It doesn’t aim to dazzle with fireworks or shock value. It wants to think—and it wants you to think with it. There’s no rush, no need to raise voices. Emotions don’t need to be underlined because everything is built through dialogue, doubt, and uncomfortable questions that often have no clean answers. Action here isn’t about shooting first. Action is about deciding. Deciding well. Deciding badly. And living with the consequences. In a television landscape obsessed with immediate impact, TNG does something almost radical: it trusts the intelligence of its audience. Jean-Luc Picard is not a conventional hero. He doesn’t dominate or intimidate. He leads by listening. By thinking. By accepting that perfect solutions don’t always exist. His authority comes from respect, not fear—and in this series, respect is earned through principles. What many people today label as “woke” was already here. The difference is that it didn’t need slogans. Racism, authoritarianism, colonialism, identity, individual rights, gender, cultural diversity—all of it was explored with restraint and intelligence, through ethical conflict rather than preaching. TNG doesn’t tell you what to think. It places you inside a moral dilemma and leaves you there. What defines a life? What makes someone a person? Where do rights begin? When does obedience become complicity? That’s where Data becomes essential. Through a character who isn’t human, the series explores humanity better than almost anything else on television. These stories aren’t about technology; they’re about dignity. The Federation itself isn’t naïve or perfect. It’s full of contradictions and temptations toward control. And that’s the point. The series understands that authoritarianism doesn’t always arrive with uniforms—it often comes wrapped in reasonable arguments. No episode feels disposable. Even the quieter ones add something: a question, a fracture, a reflection. This isn’t a show with filler—it’s a show built on necessary conversations. The performances match that ambition. Nothing is exaggerated. Everything feels measured and human. Patrick Stewart anchors the series with restraint, while the rest of the cast grows organically, creating characters defined by contradictions rather than archetypes. TNG doesn’t confuse darkness with depth. It can look directly at injustice without becoming cynical. It criticizes power without replicating it. That’s why it still matters. Not out of nostalgia, but coherence. It believed in what it was saying—and it still challenges us to live up to it.
Marina Sirtis
Deanna Troi
25 episodios · 1993
2022